Panchito Riset, Riser Francisco Hilario, su verdadero nombre, nació en La Habana, Cuba, en el barrio de Atarés en 1910. Desde niño aprendió a tocar el Tres, la famosa guitarra cubana de tres cuerdas dobles, y la guitarra acústica española, instrumentos con los que se acompañaba, pero poco a poco los abandonó para concentrarse más en el canto.
Su primer curso de canto profesional fue con el Septeto Esmeralda, pasando luego al Septeto Habanero y luego a la orquesta de Ismael Díaz.
En 1933, fue invitado a cantar con una de las orquestas más populares de Nueva York y luego se trasladó a esa ciudad, donde cantó durante un tiempo con la Orquesta de Antobal. Es con Antobal con quien graba una de sus primeras grabaciones y le pone el sello Panchito Riset (en lugar de Riser) y para no tener que rehacerlas, así salen.
En Nueva York, durante los años 30, Francisco Riser, ahora Panchito Riset , canta y escribe prácticamente con todas las agrupaciones existentes en ese momento: Cuarteto (Peter) Flores, Victoria, Caney, y con las orquestas de Xavier Cugat y Harry Burrow. Además, actúa continuamente en cabarets de moda: Cubanacán, La Conga y Yumurí, así como en California, donde se presenta en 1936 en el cabaret Trovadero, al tiempo que se disputa los estudios de grabación.
Ciudadano estadounidense, cuando la Segunda Guerra Mundial lo llama al deber, y Panchito Riset se alista en el ejército donde permanece hasta 1943, cuando se desautorizan honorablemente, Panchito regresa a lo que más amaba, cantar para su público, lo que hace cuando debuta en el cabaret, Versalles, donde permanece por los siguientes 18 años.
Panchito Riset , a su regreso del sercicio militar, continuó grabando, de preferencia con agrupaciones acordes a su estilo, como los conjuntos de René Hernández y Luis “Lija” Ortiz, viajando esporádicamente por el Caribe. En sus presentaciones, su voz y estilo inconfundible, llevaron al bolero Riset a la ingenuidad, pureza de expresión que existía en los años 30 y nunca buscó innovar en su estilo. El invitaba al oyente a trasladarse con él a la magia sencilla y tranquila de los años 30.
De su estilo, muchos decían que había copiado a Cheíto, uno de los cantantes del Sexteto Habanero, y si bien es cierto que Panchito Riset , como Cheíto, cantaba en los sextetos como requinto, es decir, en una voz que sobresale en el coro (voz que Caíto perfeccionó al estilo para darle una característica única al coro de La Sonora Matancera), pero realmente, lo de Panchito era algo diferente y mucho más que todo esto, pues Riset poseía en los registros agudos un vibrato que a veces parecía un temblor en su voz pero que nunca perdía el tono, lo que daba a sus interpretaciones una expresión no sólo de urgencia, sino también de sinceridad. La voz de Panchito Riset era la voz del amor angustiado, la que reconocen quienes compran sus discos, porque después de todo, ¿quién no ha sentido las punzadas del amor?
Lo interesante de su historia es que como otros cubanos (Antonio Machín, Snowball y Machito, entre otros) que gozaron de fama internacional, en su natal Riset Panchito no era muy conocido. Había salido de Cuba a muy temprana edad.
No fue hasta los años 40 que los oyentes mediáticos de una emisora popular de La Habana, Radio Cadena Suaritos, comenzaron a escuchar una nueva voz que no era la suave de Fernando Albuerne, la viril de Daniel Santos, ni la cadenciosa de Bobby Hood, voces a las que estaban acostumbrados. Esta nueva voz era otra cosa: cantaba muy aguda pero melodiosa en un estilo que, francamente, estaba padaso de moda. Y para terminar, tocó la canción que extrañamente comenzaba con una risa, seguida de una pregunta y luego continuaba con la evocación nostálgica del amado y perdido nido de amor.
Era una canción que parecía un tango, y que en realidad recordaba a su tema y al bulín percanta “Mi noche triste”, el primer tango que cantó Gardel. Era una especie de tango tropical, a ritmo de bolero. Uno de esos temas se cree compuesto en una noche de juerga, llena de recuerdos, mucho alcohol y desbordante inspiración. En suma, una canción tan sublime, como ridícula, y como tal, se ganó el corazón de las multitudes. A poco, “El Cuartito” de “Mundito” Medina, en la voz de Panchito Riset , se escuchó por todos lados a nivel de saturación.
Posteriormente, con la misma aceptación, siguieron “Lirios blancos” de Pedro Flores, de la que el musicólogo Cristóbal Díaz Ayala dijo que en su versión casi se podía oler y “Cita a las seis”, donde los oyentes se pusieron nerviosos al escuchar cómo sonaba su voz mientras esperaba a la amada.
Y así permaneció durante décadas. Como baluarte de la música popular en Nueva York, hasta que su salud comenzó a fallar. Aun así, nunca perdió su maravillosa voz.